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    Trump frente al espejo de la economía: récords en Wall Street, malestar en Main Street y temor a las urnas

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    A un año de haber regresado a la Casa Blanca con una victoria contundente, Donald Trump exhibe una economía que muchos en el mundo miran con envidia, pero que no termina de convencer a quienes votan en Estados Unidos. El contraste es nítido: mientras los mercados financieros baten récords y las cifras de crecimiento impresionan, el humor social se deteriora, la confianza del consumidor se derrumba y la percepción dominante es que “la plata no alcanza”.

    La paradoja se vuelve más incómoda a medida que se acercan las elecciones de medio término de noviembre. Trump cumplió su promesa de impulsar una bonanza, pero esa prosperidad no se traduce en apoyo político. La sensación térmica de la economía se ha divorciado de los datos duros.

    Un mercado laboral que pierde impulso

    Los últimos datos de empleo reflejan el costado más frágil del cuadro. En diciembre se crearon 49.000 puestos netos, muy por debajo de los 70.000 esperados. Además, las cifras de meses previos fueron revisadas a la baja: noviembre perdió 8.000 empleos, quedando en 56.000, y octubre terminó mostrando una destrucción neta de 176.000 puestos.

    La Reserva Federal, encabezada por Jerome Powell, advierte que las estadísticas oficiales probablemente sobreestiman hoy la realidad del mercado laboral en unos 60.000 empleos por mes. El contraste con los años finales de Joe Biden es marcado: en 2023 se sumaban más de 200.000 empleos mensuales en promedio, y en 2024 el ritmo fue de 168.000. En 2025, el promedio cayó a apenas 49.000.

    Las causas son múltiples. La política migratoria de Trump redujo abruptamente la oferta de mano de obra, mientras que el salto en los aranceles recíprocos –con el denominado Día de la Liberación del 2 de abril como hito– alteró la dinámica de contrataciones. Desde entonces, la industria manufacturera recorta personal mes a mes, y en octubre se sumó un fuerte ajuste en el sector público. El promedio de los últimos tres meses muestra una caída neta de 22.000 empleos en la economía total, aunque el sector privado aún logra añadir 39.000.

    En paralelo, la desaprobación de la política económica alcanza mínimos históricos y la confianza del consumidor se mueve en niveles típicos de recesión, pese a que el país está lejos de una contracción.

    Wall Street celebra, las pequeñas y medianas empresas despegan

    En el frente financiero, el panorama es diametralmente opuesto. Los índices bursátiles encadenan récords: el Dow Jones Industrial se acerca a los 50.000 puntos y el S&P 500 ronda los 7.000. No se trata de una burbuja centrada en gigantes tecnológicos, como en otros ciclos recientes. Desde el inicio de 2026, el S&P 500 subió 1,8%, el Nasdaq 1,9% y el Dow Jones 3%.

    El verdadero foco de entusiasmo está en el “medio pelo” corporativo. El S&P Mid Cap 400 trepó 3,7% y el Russell 2000, que agrupa a las pequeñas empresas, avanzó 4,7%. El mercado parece apostar a que la bonanza económica se derramará hacia compañías chicas y medianas, señal de confianza en la expansión doméstica.

    Trump, quien en su primer mandato fue descrito por el académico Jeremy Siegel como el presidente más obsesionado con la Bolsa, entiende ahora que los récords de Wall Street no alcanzan para asegurar votos. Su mirada está puesta en cómo esa prosperidad se traduce –o no– en empleos y salarios.

    Crecimiento fuerte y boom de productividad

    La bonanza no es solo financiera. La economía real se expande con vigor. En el tercer trimestre, el PBI creció 4,3%, impulsado principalmente por los servicios. El consumo privado, pese al malhumor social, fue el motor central de ese desempeño. Ni siquiera el shutdown parcial del gobierno federal, que se extendió desde octubre hasta mediados de noviembre, logró frenar el impulso.

    Las proyecciones en tiempo real de la Reserva Federal de Atlanta apuntan a una aceleración a 5,1% en el cuarto trimestre, con un nuevo aporte destacado del consumo, estimado en un 3% de crecimiento.

    El corazón del ciclo actual está en la productividad. En el tercer trimestre, la productividad laboral saltó 4,9%, mientras que los costos laborales unitarios cayeron 1,9%. El producto específico de los negocios subió 5,4% con apenas un 0,5% más de horas trabajadas. Las ganancias corporativas sorprendieron con un crecimiento interanual de 14,3% y los inversores descuentan que ese ritmo podría sostenerse durante todo 2026.

    Trump y su secretario del Tesoro, Scott Bessent, atribuyen este cuadro a las políticas de la Casa Blanca: suba de aranceles y protección comercial, recortes de impuestos y desregulación. Restan importancia, en cambio, al aporte de la Reserva Federal, que entre septiembre y diciembre aplicó tres bajas de tasas.

    Presión política, giro de agenda y riesgo de sobrerreacción

    Aun con estos números, Trump se muestra insatisfecho. Exige a la FED una postura mucho más expansiva, amenaza con no renovar el mandato de Powell cuando venza en mayo y reclama llevar la tasa de referencia al 1%. Además, impulsa que las agencias hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac compren 200.000 millones de dólares en bonos hipotecarios para forzar a la baja las tasas de largo plazo.

    En la misma línea, propone fijar un techo del 10% a los intereses de las tarjetas de crédito y prohibir que grandes corporaciones inviertan en viviendas unifamiliares, con el argumento de evitar subas adicionales en los precios de las casas. Son iniciativas que, en varios puntos, se asemejan a ideas defendidas por Biden o incluso por figuras progresistas como Elizabeth Warren.

    El trasfondo es claro: el ingreso total crece, pero la porción que se llevan los trabajadores cayó a su nivel más bajo desde 1947. No hay una ola masiva de despidos, pero el mercado laboral está estancado: no se multiplican las nuevas búsquedas ni las oportunidades. La economía puede ser “la envidia del mundo”, pero si la clase media no percibe mejoras tangibles, la factura llegará en las urnas.

    El desafío para Trump es evitar que su impaciencia dañe lo que hoy funciona. Su impulso a “romper” los obstáculos puede chocar con los límites que impongan Bessent y los llamados bond vigilantes, los inversores que monitorean con lupa la sostenibilidad de la política económica. En un año electoral, el equilibrio entre la bonanza del capital y el bienestar del trabajo será la verdadera prueba de su segundo mandato.

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