El episodio que protagonizó el canciller Pablo Quirno en la última madrugada de 2025 volvió a exponer el clima interno del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, hoy uno de los frentes más delicados del gobierno de Javier Milei. En apenas dos años de gestión, la Cancillería ya tuvo tres titulares y una línea externa que oscila entre el pragmatismo comercial y una ofensiva ideológica cada vez más marcada.
Quirno, de fuerte presencia en redes sociales, anunció públicamente que instruyó el inicio de un sumario administrativo contra el joven diplomático Alejandro Calloni, secretario en la embajada argentina en Siria, y ordenó su inmediato regreso al país. La decisión se activó luego de que usuarios de X señalaran que Calloni había puesto “me gusta” a una publicación que instaba a atacar a Israel, un gesto incompatible con su condición de funcionario.
La forma elegida para comunicar la sanción sorprendió dentro del Palacio San Martín. El mensaje, difundido en X con el estilo directo y personalista que caracteriza a la era Milei, fue leído como una advertencia interna y como confirmación de que existe un “patrullaje digital” sobre la actividad de los diplomáticos.
El caso estalló mientras el gobierno ajusta los detalles para concretar el traslado de la embajada argentina en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, un movimiento que se proyecta para abril y que ratifica la sintonía con las políticas de Benjamin Netanyahu y con la línea que impulsó Donald Trump en su presidencia. Si el cronograma se cumple, Milei podría volver a Jerusalén tras su paso por Davos en enero y por Estados Unidos en marzo, donde planea participar de la Semana Argentina en Nueva York y buscar la firma de un acuerdo comercial con Trump. También figura en agenda un viaje a Chile para la asunción de José Antonio Kast.
Quirno asumió con una hoja de ruta ya definida, pero se muestra incluso más alineado que sus antecesores Diana Mondino y Gerardo Werthein con la llamada “batalla cultural” que impulsa el núcleo duro libertario, en particular el espacio Fuerzas del Cielo de Santiago Caputo. Esa ofensiva apunta al “progresismo” tanto en el frente interno como en los organismos internacionales, aunque la necesidad de sostener vínculos comerciales introduce, por momentos, un giro pragmático.
El propio Milei moderó sus insultos públicos hacia mandatarios de izquierda —a quienes llegó a tildar de “terroristas”, “asesinos”, “corruptos” o “comunistas envenenados”, como en el caso de Lula da Silva— para priorizar el comercio. Al mismo tiempo, mantiene un discurso de defensa de las democracias y condena a dictaduras como las de Venezuela, Cuba y Nicaragua, pero tolera ciertas autocracias con las que cultiva relaciones estratégicas.
La salida de Mondino, en octubre de 2024, ya había revelado el nivel de fricción interna. Su equipo votó en favor del levantamiento del embargo comercial a Cuba en un organismo internacional, con aval del sector más liberal en materia económica de la Casa Rosada, pero sin conocimiento de los Milei. La reacción fue fulminante: el Presidente envió una carta a la Cancillería —a la que suele considerar “casta”— advirtiendo que quienes no compartieran la línea oficial debían irse, y se abrieron sumarios que aún siguen en curso.
El paso de Werthein tampoco estuvo exento de conflicto. El empresario terminó enfrentado con el entorno presidencial y renunció antes de las legislativas de octubre de 2025. Su gestión castigó a la estructura vinculada al PRO y al radicalismo que acompañó a Mondino, mientras se apoyó en diplomáticos con pasado kirchnerista, un dato que chocaba con el discurso oficial de demonización de los “kukas”.
Con Quirno al mando, la Cancillería funciona con una institucionalidad recortada: no se hizo efectivo aún el nombramiento de un vicecanciller ni de un jefe de Gabinete, y varias embajadas clave permanecen sin conducción o con representación de bajo rango. La sede en Irán fue cerrada de manera “temporal”. El ministerio, además, fue deliberadamente reducido en su protagonismo internacional por decisión presidencial.
Pese a ello, dentro del edificio conviven dos sensaciones. Por un lado, se destaca un clima más distendido y un trato menos hostil que en etapas anteriores, en especial después de que Quirno confirmara que no avanzará contra el fallo judicial que ratificó la exención del impuesto a las Ganancias sobre el plus salarial que cobran los diplomáticos en el exterior. Por otro, el castigo ejemplificador a Calloni y el reto público al embajador en Berna, Gustavo Lunazzi, por no actualizar la web de la embajada —donde figuraban los históricos compromisos de la Argentina con las políticas de derechos humanos de la ONU— reforzaron la percepción de vigilancia ideológica.
El gran desafío del canciller, sin embargo, está en el tablero económico. Ex secretario de Finanzas con vínculos en el establishment republicano de Estados Unidos, Quirno deberá traducir esos contactos en acuerdos concretos: el prioritario para Milei es el comercial con Washington, pero también están sobre la mesa las negociaciones con el Mercosur, la Unión Europea y el Reino Unido. El objetivo es mejorar el acceso de las exportaciones argentinas al mercado norteamericano, mantener la intensa relación comercial con China sin provocar a Trump y, en paralelo, consolidar un “club” de derechas en la región junto a Milei, José Antonio Kast, el boliviano Rodrigo Paz y el paraguayo Santiago Peña.
En los foros multilaterales, la Argentina ya viene exhibiendo un giro profundo. Durante noviembre y diciembre, se ausentó en una votación de la Asamblea General de la ONU sobre protección del personal humanitario —aprobada por 153 países, con solo Estados Unidos en contra—, se abstuvo en una resolución que reclamaba la devolución de las Alturas del Golán a Siria y votó contra el informe anual de la Corte Penal Internacional, de la que fue miembro fundador. También se opuso a resoluciones sobre condena a la tortura, economía del cuidado, libre determinación de Palestina, asistencia a refugiados palestinos, soberanía sobre recursos naturales, enfermedades no transmisibles y derechos de las personas con discapacidad, en abierta contradicción con tratados de derechos humanos incorporados a la Constitución desde 1994.
El gobierno, además, decidió no adherir a la Declaración de Líderes del G20 bajo presidencia de Sudáfrica. Milei no asistió a la cumbre y delegó la representación en Quirno y en el sherpa Federico Pinedo, a quien el Presidente evita recibir. En paralelo, el mandatario cuestiona a la ONU en foros como Davos y la Asamblea General, a la que acusa de haberse desviado hacia el “socialismo”, mientras promueve al argentino Rafael Grossi, actual titular del organismo atómico, como posible secretario general de Naciones Unidas. Una política exterior que, entre la demolición del multilateralismo y la búsqueda de influencia dentro de él, combina gestos disruptivos con viejos reflejos de poder.


