El director argentino Pablo César inició el rodaje de Romance de la luna negra, un largometraje que vuelve a colocarlo en el territorio que mejor domina: una narrativa íntima, cargada de poesía visual y atravesada por preguntas sobre la memoria, el tiempo y la identidad. La película, de unos 110 minutos de duración estimada, se filma en distintas locaciones del País Vasco y aún no tiene fecha de estreno confirmada.
El elenco está encabezado por la actriz argentina Luz Fernández de Castillo, reconocida como Personalidad destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, junto a sus compatriotas Lisandro Carret y Alejandro Botto, los únicos intérpretes argentinos de la producción. El resto del reparto se completa con actores españoles, en un cruce artístico que refuerza el carácter transnacional del proyecto.
Una mujer de 75 años frente a sus fantasmas
La historia gira en torno a Clara, una mujer de 75 años que vive sola en el segundo piso de un caserío del País Vasco. Su existencia transcurre entre rutinas apacibles y recuerdos persistentes, hasta que la irrupción de un vecino enigmático altera por completo ese equilibrio frágil.
Desde ese encuentro, la protagonista comienza a experimentar apariciones inquietantes: rostros que cambian, figuras que evocan a pensadores y escritores célebres, y memorias que resurgen con una potencia inesperada. Lo cotidiano se ve atravesado por lo insólito, y la aparente calma de Clara se desarma ante un universo interior que se manifiesta con fuerza creciente.
A lo largo del relato, la mujer recorre distintos paisajes de Vizcaya y Gipuzkoa. Cada desplazamiento abre la puerta a nuevas experiencias y personajes, en una trama donde las certezas se vuelven difusas y las emociones ganan centralidad. Más que avanzar hacia una explicación clásica, la película propone un trayecto en el que pasado y presente se entrelazan de manera constante.
El vecino, las máscaras y los ecos de la literatura
El personaje del vecino ocupa un lugar clave en el dispositivo narrativo. Puede mostrarse amenazante o seductor, pero también transformarse en figuras asociadas al pensamiento y la literatura en lengua española, como José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno o Gustavo Adolfo Bécquer. Estas presencias no aparecen como claves racionales del misterio, sino como proyecciones del mundo interno de Clara.
El film se presenta como un drama poético con rasgos de realismo mágico, donde la identidad se vuelve móvil y los límites entre lo real y lo imaginario se desdibujan. En ese juego también irrumpe Rafael, un amor profundo de juventud que regresa como recuerdo vívido y motor afectivo del relato. Su figura reabre heridas, deseos y preguntas que la protagonista creía resueltas.
Junto a ellos circulan personajes secundarios —una vecina, un médico, algunos familiares— que intentan anclar a Clara en la vida diaria. Sin embargo, sus intervenciones no alcanzan para contener la dimensión enigmática que domina la experiencia de la protagonista. El resultado es un delicado equilibrio entre lo tangible y lo fantástico, donde la narración lineal cede paso a una propuesta más sensorial y contemplativa.
El País Vasco como escenario emocional
El rodaje, ya en marcha en España, aprovecha diversos espacios del País Vasco para potenciar el clima introspectivo de la película. La geografía de caseríos, montes y costas contribuye a reforzar la atmósfera melancólica que atraviesa el relato, en sintonía con una historia que explora la vejez no como final, sino como etapa de revelaciones tardías.
Según explicó Pablo César, el proyecto busca indagar en “la frontera entre la realidad y lo intangible”, tomando como eje la forma en que memoria, amor y ausencia se entretejen en los años finales de la vida. El film propone mirar la vejez como un tiempo en el que todavía es posible enfrentar asuntos pendientes y revisar aquello que quedó sin resolver.
Una invitación a habitar la ambigüedad
Lejos de ofrecer respuestas cerradas, Romance de la luna negra se plantea como una experiencia abierta, que invita al público a convivir con la ambigüedad. Los silencios, las apariciones y los cambios de registro funcionan como puertas de acceso a una reflexión emocional y filosófica más que a un enigma a develar.
Con esta nueva producción, Pablo César reafirma su sello autoral: una apuesta por el cine que dialoga con lo invisible, que se nutre de la poesía y que confía en la capacidad del espectador para completar los sentidos. Mientras el rodaje avanza en territorio vasco, la película se perfila como una exploración profunda de la identidad en la madurez, donde lo esencial parece estar siempre un paso más allá de lo que la mirada alcanza a ver.


