Rodolfo “Chango” Díaz, exministro de Trabajo durante la primera presidencia de Carlos Saúl Menem y uno de los protagonistas centrales de la Convención Constituyente de 1994, falleció el viernes a los 82 años. Su trayectoria combinó una sólida formación académica, militancia política y presencia en los grandes debates institucionales de las últimas décadas en la Argentina.
Nacido el 30 de mayo de 1943 en la ciudad de Mendoza, Díaz se formó como abogado en la Universidad de Mendoza, donde se especializó en derecho constitucional. Más tarde, obtuvo el título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires (UBA), lo que consolidó su perfil como jurista y académico.
Su carrera docente se desarrolló en paralelo a su avance en la política. Fue profesor titular de Derecho Político en la Universidad Nacional de Cuyo y también dictó clases en otras casas de estudio, desde donde se fue construyendo una reputación como especialista en temas institucionales y constitucionales.
El ingreso de Díaz a la vida pública se dio inicialmente desde el terreno sindical, espacio en el que comenzó su militancia política. Desde allí fue ganando peso en el peronismo mendocino, con una participación activa en los debates internos del partido. Esa labor lo proyectó más allá de su provincia y lo acercó a los círculos de decisión del justicialismo a nivel nacional.
Su salto definitivo a la escena política nacional llegó con el gobierno de Carlos Menem. Primero fue designado secretario de Trabajo y luego ministro de esa cartera, funciones que desempeñó entre 1991 y 1992, en pleno proceso de reformas económicas y laborales. Aquellos años marcaron para muchos dirigentes provenientes del interior del país la posibilidad de ocupar lugares de relevancia en el Ejecutivo nacional, y Díaz se convirtió en uno de los referentes mendocinos de esa etapa.
En ese período, Mendoza aportó varias figuras de peso al elenco menemista: junto con Díaz, José Luis Manzano, Roberto Dromi y Eduardo Bauzá se convirtieron en nombres recurrentes del gabinete y del entorno más cercano al entonces presidente. Todos ellos encarnaron, desde distintos cargos, la llamada “época dorada” del menemismo, asociada a un programa de transformaciones estructurales del Estado y la economía.
La salida de Díaz del Ministerio de Trabajo se produjo en 1992, en un contexto de crecientes fricciones políticas dentro del gabinete. Su renuncia se dio en medio de diferencias con Domingo Felipe Cavallo, quien ya se había consolidado como la figura más influyente del equipo económico tras su paso por la Cancillería y su llegada al Ministerio de Economía.
Lejos de retirarse de la vida pública, Díaz profundizó su perfil como constitucionalista. Su participación en la Convención Constituyente de 1994, que se reunió en Santa Fe para reformar la Constitución Nacional, lo colocó otra vez en el centro de la escena. Allí intervino como uno de los especialistas más escuchados en las discusiones sobre el rediseño institucional del país.
Tras la reforma constitucional, fue nombrado Procurador del Tesoro de la Nación, el organismo encargado de la defensa jurídica del Estado nacional. Ocupó ese cargo entre 1995 y 1997, período en el que continuó ligado a los temas legales e institucionales desde una posición clave dentro de la administración pública.
Con el cambio de siglo, su reconocimiento como jurista se plasmó en el ámbito académico. Fue incorporado como miembro de número a la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, institución en la que llegó a ser vicepresidente. Desde ese espacio intervino en debates sobre la vida institucional y el sistema político argentino, manteniendo un perfil de analista y referente intelectual.
En los últimos años, Díaz también tuvo actuación en el sector privado: ocupó un alto cargo gerencial en la petrolera Pan American Energy, sumando así experiencia en el mundo empresarial a su extensa trayectoria en el Estado y en la academia.
Su última aparición pública registrada fue a través de una columna de opinión publicada en el diario Clarín el 4 de noviembre pasado. En ese texto, ofreció un análisis de los resultados de las últimas elecciones, combinando su experiencia como protagonista de la política con una mirada reflexiva y argumentada sobre el comportamiento del electorado. Allí reivindicó la figura del votante como un sujeto racional con preferencias políticas coherentes, y se definió a sí mismo como un “provinciano en Buenos Aires” que se mantuvo crítico frente a lo que describía como la ideología dominante en la capital.
Con su muerte, la política argentina pierde a un dirigente que atravesó el sindicalismo, el peronismo provincial, el gabinete nacional, la reforma constitucional de 1994, la alta función pública, la academia y la actividad empresaria, siempre ligado a los grandes debates sobre el rumbo institucional del país.


