El actor argentino Héctor Alterio, figura central del cine y el teatro en lengua española, murió este sábado a los 96 años en Madrid, ciudad en la que residía desde hacía décadas. Su despedida profesional quedó sellada en la televisión española, con una escena cargada de emoción y humor en la serie Su Majestad, estrenada en febrero de este año, donde compartió elenco con su hijo, Ernesto Alterio.
En esa producción, Alterio padre encarnó a un anciano que mantiene una conversación decisiva con la princesa Pilar, interpretada por Anna Castillo. La secuencia, íntima y sobria, transcurre en un amplio salón moderno casi vacío, con ambos personajes sentados en un sillón enorme. Allí, el veterano actor despliega por última vez en la pantalla la mezcla de ternura, ironía y profundidad que marcó su carrera.
Ernesto Alterio, uno de los protagonistas de la serie, recordó tiempo atrás cómo se gestó ese encuentro artístico con su padre. Explicó que la idea surgió del director de casting Luis San Narciso, quien propuso sumar a Héctor al elenco. La iniciativa fue recibida con entusiasmo por la producción y el resto del equipo, que se volcó a cuidar cada detalle para que la participación del actor argentino se desarrollara en las mejores condiciones. Para Ernesto, poder compartir esa escena fue, según contó, un motivo de enorme alegría.
La secuencia final de Héctor Alterio en Su Majestad está construida como un diálogo generacional. Antes del encuentro con la princesa Pilar, su personaje conversa brevemente con Guillermo, el secretario de la heredera al trono, papel interpretado justamente por Ernesto Alterio. Guillermo se muestra preocupado por el carácter de la princesa y por su resistencia a cumplir con un acto oficial en el que debe entregar medallas y saludar a artistas españoles. Con una sonrisa, el anciano le resta dramatismo a la situación y se dirige a la princesa para intentar convencerla.
El corazón de la escena es el intercambio entre el hombre mayor y la joven heredera, que se niega a participar del evento. Él le señala que es lógico sentir miedo y también negarlo, y le pregunta si deberá pronunciar unas palabras. Ella responde que nada de lo que él diga servirá para que cambie de opinión y sostiene que tiene asuntos más importantes de los que ocuparse.
Entonces, el personaje de Alterio recurre a una anécdota personal: recuerda una función teatral a la que debió salir inmediatamente después de recibir una llamada del hospital, que le informaba que su madre estaba muy grave. Cuenta que, al mirar al público desde el escenario, vio no solo gente, sino su público. Cumplió con la función y recién después llamó al hospital, donde le confirmaron la muerte de su madre. El anciano y la princesa comparten el conocimiento del dolor, pero él marca una diferencia fundamental: en su caso, el público era la platea; en el de ella, es todo un país, y su escenario, España entera.
Con esa comparación, el personaje le transmite una idea clara: las responsabilidades públicas no siempre pueden supeditarse a los problemas personales. Lo que la princesa considera urgente, le dice, deberá esperar, y si no puede esperar, deberá aprender a hacerlo. Finalmente, ella acepta reconsiderar su postura y agradece el consejo, cerrando así el último diálogo ficcional de Héctor Alterio ante las cámaras.
Más allá de esta despedida en la ficción, la trayectoria de Alterio lo había convertido desde hacía tiempo en un emblema del cine y la televisión. Participó en títulos fundamentales como La historia oficial —película argentina ganadora del premio Oscar a mejor filme extranjero—, El hijo de la novia, Caballos salvajes y la serie Vientos de agua, entre muchas otras producciones que consolidaron su prestigio en Argentina y España.
Alterio vivía en España desde 1975, año en que se exilió y se radicó definitivamente en ese país. Desde allí construyó una carrera sólida en teatro, cine y televisión, sin perder el vínculo con el público argentino, que lo siguió reconociendo como una de sus grandes figuras interpretativas.
Incluso en los últimos años se mantuvo activo sobre los escenarios. En febrero de este año había iniciado una nueva gira por España con su obra autobiográfica Una pequeña historia. En esa propuesta, el propio Alterio reflexionaba sobre su vida y su oficio, y confesaba que todavía disfrutaba de entretener al público. A los 95 años, decía seguir sintiéndose un rey cada vez que pisaba un escenario y se definía como alguien que, ya en el tramo final de su vida, se entregaba mansamente a la existencia, como en un tango.
Con su muerte en Madrid, se cierra la vida de un intérprete que atravesó generaciones y geografías, pero su última escena, esa conversación serena y firme sobre el miedo, el deber y el vínculo con el público, queda como síntesis de una carrera marcada por la intensidad, la honestidad y el respeto por el oficio de actuar.


