A los 74 años, Luisa Albinoni vuelve a ocupar un lugar central en la televisión abierta y demuestra que su energía está lejos de apagarse. La histórica actriz y ex vedette, con casi 53 años de carrera, se luce en La cocina rebelde, el ciclo vespertino de eltrece que conduce Jimena Monteverde y que, en pocas semanas, se ganó un lugar en las tardes del canal.
Lejos de la imagen de nona apacible que el programa explota en clave de humor, Albinoni asegura que la quietud no es lo suyo. Cuenta que se levanta todos los días a las siete de la mañana, se declara hiperactiva y admite que hasta le pide a su hija que la filme en casa haciendo personajes porque no soporta aburrirse. “No sirvo para quedarme quieta”, resume sobre un presente en el que volvió a encontrar un espacio masivo sin renunciar a su estilo.
Consciente del paso del tiempo, sostiene que la clave de su permanencia es la adaptación: no se trata sólo de actitud, dice, sino de entender qué papeles puede encarar hoy. En ese sentido, celebra La cocina rebelde porque le permite combinar actuación, cocina y vínculo directo con el público, algo que siempre valoró. Aunque no es abuela, el público la celebra como si lo fuera gracias a sus recetas “de la nona” y a la licencia para improvisar entre ollas y chistes.
Albinoni subraya que el humor es, para ella, una misión. En un contexto que describe como “de gente caída”, siente la necesidad de hacer reír a partir de las pequeñas situaciones cotidianas. Si bien el teatro es su gran amor por el contacto directo con la platea y acumula 21 películas en cine, reconoce que la televisión tiene un encanto particular. Sobre Monteverde, con quien comparte el aire, destaca su generosidad y solidaridad, y recuerda que desde el primer día la alentó a hacer lo que quisiera frente a cámara.
El clima de trabajo, asegura, es de camaradería capricorniana: tanto Jimena Monteverde como el cocinero Coco Carreño comparten su signo. Albinoni confiesa que al principio se sentía insegura y se lo transmitía al productor, pero la libertad que le dieron al aire le devolvió la confianza. “Ahora que se preparen…”, lanza, fiel a su sello de desparpajo.
Con la mirada puesta en sus inicios, destaca que tuvo la fortuna de trabajar con grandes capocómicos en una época en la que, según se dice, el juego no siempre estaba habilitado para todos. En su caso, afirma que esos referentes fueron generosos y la apoyaron, en un sistema de trabajo con escalafones claros y “derecho de piso” que ella conoció desde el teatro independiente y la comedia musical. Aun así, cree que la etapa más difícil es la actual para los jóvenes que buscan hacerse un lugar en la industria.
También reconoce que su propia generación se vio obligada a abrir la cabeza por la falta de ficciones en la TV abierta. La llegada de su hija Verónica, hoy de 21 años, fue un punto de inflexión: se dio cuenta de que el medio había cambiado, que “los teléfonos ya no suenan” como antes y que había que volver a empezar. Esa necesidad de seguir actuando y llevando alegría, dice, la empujó a aceptar roles distintos: panelista, participante de realities y figura invitada en magazines.
Pasó por ciclos como Bendita, Polémica en el bar, Cortá por Lozano y Desayuno, donde comprobó que ser panelista no es sencillo: no es periodista ni abogada, se define como actriz popular y admite que, en ese lugar, muchas veces “le dieron con un caño”. Aun así, se tomaba el trabajo de informarse sobre los temas, se enojaba cuando no la dejaban hablar, pero aprendió a aceptar que nadie es dueño de la verdad.
Su paso por MasterChef le dejó disciplina extra, aunque recuerda que ya venía formateada por directores exigentes como Gerardo y Hugo Sofovich, Moser y Alberto Migré. Hoy descarta volver a un reality: los percibe cada vez más crueles y directos “al hueso”, aunque valora que, al menos, sigan abriendo espacios para actores. “A veces somos rechazadas por ser actrices”, señala, mientras observa que periodistas y políticos también actúan frente a cámara.
En La cocina rebelde, sus aportes culinarios también la muestran fiel a sí misma: le gusta lo picante, tanto en los sabores como en sus comentarios. Cuenta que la producción sugiere las recetas, pero ella aporta el espíritu de la cocina de su madre y su nona: platos simples, caseros, con trucos heredados de un cuadernito familiar que debió forrar para que no se deshiciera. Evoca los tucos de su madre, las pastas, los ravioles amasados en grandes mesas y esa obligación de repetir plato bajo amenaza de enojo.
De su rama italiana y portuguesa, dice, heredó carácter y pasión. Canta mientras cocina, como hacía su madre, y no se inmuta ante errores al aire: si algo sale mal, se las ingenia para resolverlo, igual que en la vida cotidiana. Entre risas, admite que todavía se adapta al lenguaje de las nuevas generaciones, que apenas maneja términos como “cringe” y que se lanza a la improvisación cuando algo falla en el estudio.
Formada con Pepe Cibrián, Albinoni también da clases de teatro para adultos mayores y asegura que no hay edad para empezar a actuar. Su alumna más grande tiene 86 años y, desde ese lugar, insiste en que la juventud es una cuestión de espíritu. Admite que a veces se siente un “alma vieja” porque acumula historias de otras épocas, pero eso no le impide seguir rebelde ni pensar que “ahora es el momento” para quienes se animan a subir al escenario.
En el mapa actual de la televisión, dice admirar lo que hace Moria Casán y considera que es un ejemplo, al igual que Mirtha Legrand, por su vigencia. Siente que las están volviendo a tener en cuenta y asume su rol de respaldo para nuevas figuras, del mismo modo que, en su momento, otros apoyaron su crecimiento.
Su vida privada también estuvo atravesada por momentos duros. Recuerda la muerte de su padre cuando ella tenía 21 años como un quiebre que la obligó a saltearse etapas para hacerse cargo de responsabilidades. Fue madre a los 62, mediante adopción, después de haber perdido un hijo de casi 19 años y otros embarazos. A pesar de todo, sostiene que pelea “con alegría” porque siente que la vida, en el balance, fue generosa con ella.
En el terreno sentimental, cuenta que tuvo ocho parejas estables, pero nunca llegó al casamiento. No cree en el amor para toda la vida, le teme al compromiso formal y defiende su condición de soltera como una forma de preservar su libertad. Sobre su relación con Jorge Porcel, que incluso fue recreada en teatro, dice que fue una manera de exorcizar versiones injustas: para ella, él fue un gran hombre, con luces y sombras, como cualquiera.
Antes de consolidarse en el espectáculo, quiso ser médica y llegó a rendir hasta el práctico en la facultad, pero abandonó cuando vio que en su casa se necesitaba que trabajara. Luego probó con Derecho en plena dictadura, cursando de noche, y también dejó por miedo. Imagina que, de haber seguido ese camino, hoy sería una abogada explosiva en televisión, defendiendo causas a los gritos.
Hoy, en cambio, la encuentra frente a las cámaras con delantal y humor afilado, convencida de que la única forma de seguir vigente es aggiornarse, reírse de sí misma y no aferrarse a la idea de eternidad. A su manera, Luisa Albinoni se mantiene en movimiento, entre sartenes, monólogos y recuerdos, fiel a una consigna que la acompañó toda la vida: no quedarse nunca quieta.


