Casi tres semanas después del inicio de la guerra que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán, el impacto económico ya desborda por completo el mercado petrolero y se derrama sobre múltiples industrias clave: transporte, manufactura, alimentos, minería y alta tecnología. El epicentro de la crisis es el Golfo Pérsico y, en particular, el estrecho de Ormuz, un corredor marítimo de apenas 54 kilómetros de ancho del que depende una porción desproporcionada del comercio mundial.
El 16 de marzo, el Brent —referencia internacional del crudo— superó fugazmente los u$s 106 por barril, un nivel que no se veía desde julio de 2022, cuando la invasión rusa a Ucrania sacudió los mercados energéticos. Pero, a diferencia de aquel episodio, la disrupción actual no se limita al petróleo: la región concentra el 22% del comercio global de urea, el 24% del aluminio, cerca de un tercio del helio y el 45% del azufre, entre otros insumos estratégicos.
El petróleo en el centro de la tormenta
Los ataques con drones a instalaciones críticas y las dificultades crecientes para navegar por Ormuz dejaron atrapado entre el 10% y el 15% del suministro mundial de crudo, según estimaciones de operadores. En respuesta, el presidente estadounidense, Donald Trump, lanzó un paquete de medidas de emergencia: presionó a socios de la OTAN, ordenó la mayor liberación de reservas estratégicas de la historia y aflojó algunas sanciones sobre el petróleo ruso. Sin embargo, el alivio fue limitado y el mercado sigue descontando un bloqueo prolongado del estrecho.
El primer golpe fuerte se dio en el transporte. Las refinerías asiáticas —diseñadas específicamente para procesar el crudo del Golfo— se vieron forzadas a recurrir a alternativas más caras y de características distintas, con menor contenido de azufre. Ese cambio reduce la eficiencia, eleva riesgos técnicos y recorta la producción de diésel y combustible para aviones, justamente los productos más demandados. China, India, Japón y Tailandia ya aplican recortes de procesamiento de entre 5% y 15%.
En el propio Golfo, algunas de las refinerías más grandes del planeta casi no exportan desde fines de febrero. El petróleo que logra salir por oleoductos en Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos lo hace en estado crudo, sin refinar, y los pocos buques que cruzan el estrecho lo hacen bajo condiciones excepcionales. La firma Vortexa calcula que unos 125 buques cisterna de productos refinados —el 5% de la flota mundial— permanecen varados en la zona.
La reacción en cadena continuó: China suspendió las exportaciones de combustibles refinados, lo que impulsó nuevas subas en naftas, diésel y jet fuel en Singapur, principal hub del comercio petrolero asiático. Europa, aún golpeada por las secuelas de la guerra en Ucrania y fuertemente dependiente del crudo de Medio Oriente y Asia, es otra gran perjudicada: en 2025, el 69% de sus importaciones de combustible de aviación provinieron de esas regiones.
Manufactura y alta tecnología bajo presión
La industria manufacturera constituye el segundo gran frente de impacto. El Golfo Pérsico es un proveedor central de insumos petroquímicos esenciales para la fabricación de plásticos y derivados. Allí se origina cerca del 45% del comercio marítimo de nafta y entre el 23% y el 30% de productos como estireno y polietileno. La interrupción del flujo de carga llevó a varias empresas asiáticas a declarar fuerza mayor por la imposibilidad de cumplir con sus contratos.
El golpe alcanza también al sector farmacéutico. Numerosos principios activos —desde analgésicos como la aspirina hasta antibióticos— dependen de derivados petroquímicos. Tanto China como India, este último el mayor productor mundial de medicamentos genéricos, se apoyan fuertemente en esos insumos provenientes de Medio Oriente.
Otros materiales industriales críticos también se ven comprometidos. Desde la región se abastece el 26% de los diamantes industriales, el 26% del glicol y el 30% del metanol, todos esenciales para procesos fabriles y de construcción. El aluminio es uno de los casos más visibles: la producción regional enfrenta restricciones por falta de insumos y dificultades para exportar. La gigantesca planta de Qatar sufre escasez de gas, mientras Bahréin y Emiratos Árabes Unidos no logran despachar su producción.
Los precios reaccionaron con fuerza. El aluminio a tres meses en la Bolsa de Metales de Londres aumentó 300 dólares hasta ubicarse en torno a los 3440 dólares por tonelada, cerca de máximos de cuatro años. Europa y América, que dependen en un 14% y un 21% respectivamente del suministro de la región, pagan primas récord para asegurarse cargamentos.
Aún más disruptivo es lo que ocurre con el helio. Qatar producía unas 17 toneladas métricas diarias en Ras Laffan, lo que representaba casi un tercio de la oferta global. Ese complejo, además, concentraba cerca de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado (GNL). Con la planta cerrada, no hay reemplazos disponibles para un insumo clave en la fabricación de semiconductores, lo que amenaza con agravar los cuellos de botella tecnológicos.
Fertilizantes, minería y el riesgo alimentario
El tercer eje crítico es el alimentario. Alrededor de un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes atraviesa el estrecho de Ormuz. La urea, producida en gran medida a partir de gas natural, explica dos tercios de ese flujo. Países como Kenia, Pakistán, Somalia, Sri Lanka y Tanzania dependen en más de un 25% de esos suministros, mientras que en Sudán la dependencia supera el 50%.
Los precios ya reflejan la magnitud del problema. La urea subió un 35% desde el comienzo del conflicto y acumula incrementos de más del 70% en los envíos a Estados Unidos durante el último trimestre, según datos relevados por The Economist. El azufre, otro insumo clave para fertilizantes y para la producción de ácido sulfúrico, también escasea: sus precios aumentaron alrededor de un 40% desde fines de febrero y superan los máximos registrados en 2022.
La falta de ácido sulfúrico golpea además a la minería, ya que es indispensable para la extracción de metales como cobre y níquel. Esto multiplica el efecto de la crisis, con posibles consecuencias sobre la oferta de minerales fundamentales para la transición energética y la industria tecnológica.
El margen de maniobra se achica. Fertilizantes que arriban tarde ya no podrán influir en la cosecha de 2026, y las interrupciones en la producción y refinación de metales podrían extender sus efectos hasta 2027. La reactivación de refinerías, fundiciones y plantas petroquímicas —instalaciones que operan al límite de sus capacidades técnicas— requiere meses de trabajo.
El trasfondo es estructural: una porción decisiva del comercio mundial depende de un corredor marítimo angosto, ubicado junto a Irán, cuya vulnerabilidad fue subestimada durante años. La guerra en Medio Oriente expone ahora, con crudeza, hasta qué punto la economía global se apoya en ese punto neurálgico.


