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    Guerra en Medio Oriente, Irán y el petróleo: los tres escenarios que inquietan a Wall Street y a Europa

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    La escalada bélica en Medio Oriente vuelve a colocar al petróleo en el centro de las preocupaciones globales. Bancos de inversión y consultoras internacionales trazan posibles caminos para el conflicto y advierten sobre su impacto en la inflación, las tasas de interés y el crecimiento, con Europa como principal foco de vulnerabilidad y Estados Unidos atrapado entre la política interna y las presiones del mercado.

    En Barclays consideran probable que la Casa Blanca priorice el alivio para el bolsillo del consumidor antes de las elecciones legislativas de medio término de este año. En ese marco, estiman que la disposición de Washington a aceptar un período prolongado de crudo caro o una escalada sostenida del conflicto será acotada. El análisis subraya que, si bien la guerra eleva los riesgos de estanflación para la economía mundial, el peso del petróleo en la actividad global se redujo en las últimas décadas, por lo que harían falta aumentos mucho más fuertes y persistentes para alterar de forma significativa las proyecciones de crecimiento.

    Goldman Sachs se alinea con esa mirada matizada: para las acciones y el crédito, el shock es negativo, pero solo una interrupción grave y prolongada del suministro tendría consecuencias verdaderamente profundas sobre la expansión global.

    Irán, Ormuz y tres posibles desenlaces

    La posición de Irán resulta clave: es uno de los mayores productores de crudo del planeta y controla el estrecho de Ormuz, paso obligado de la mayoría de los buques petroleros y de gas natural licuado (GNL). En este marco, ING traza dos grandes escenarios para el mercado energético.

    En el primero, relativamente benigno, se configura una especie de alto el fuego de facto en el plazo de una semana. Las represalias iraníes se mantendrían dentro de un nivel que sirva para consumo político interno, pero sin gatillar una respuesta decisiva de Estados Unidos. Ormuz se vería afectado, en parte porque las exportaciones de Teherán hacia China dependen de ese corredor marítimo, y el régimen iraní podría salir debilitado o entrar en una transición interna caótica. Para los mercados, se parecería a lo ocurrido a mediados de 2025: un salto inicial del precio del crudo que se diluye a medida que retroceden los temores sobre el flujo por Ormuz, sin efectos macroeconómicos duraderos.

    El segundo escenario, mucho más adverso, implica una guerra prolongada, con hostigamiento constante a los petroleros, activación de ataques hutíes contra el transporte en el Mar Rojo e intentos sistemáticos de interrumpir el tránsito por el estrecho. En ese caso, el impacto sería de otra magnitud: el barril se acercaría a los 100 dólares o más, las bolsas sufrirían una corrección genuina, los bonos experimentarían una salida sostenida en lugar de un simple movimiento transitorio y se vería una prolongada disrupción de las cadenas de suministro tanto en China como en Europa. Los bancos centrales, en ese contexto, enfrentarían un dilema sin una respuesta clara entre combatir la inflación o sostener el crecimiento.

    Chris Ferrarone, director de investigación y estrategia de renta variable en SCFR, suma un tercer desenlace posible, de tono más optimista: una resolución rápida del conflicto acompañada por el colapso del régimen iraní, lo que podría generar una reacción positiva en los activos de riesgo. Sin embargo, advierte que un cambio de régimen en Teherán luce hoy como un proceso complejo y plagado de incertidumbre.

    Estados Unidos: más inflación y menos margen para bajar tasas

    El repunte del crudo ya se refleja en los mercados financieros estadounidenses. Analistas de PPI señalan que el encarecimiento del petróleo añade presión al panorama inflacionario y empuja al alza los rendimientos de los bonos del Tesoro: las tasas a 10 y 2 años avanzan 6 puntos básicos, hasta 4% y 3,44%, respectivamente.

    Desde Schwab remarcan que, aunque el movimiento inicial en los precios aún luce contenido, los efectos de segunda ronda sobre la economía pueden ser significativos. Un aumento sostenido en la energía endurecería las condiciones financieras, afectaría el gasto de los hogares y erosionaría los márgenes de sectores con alto consumo energético. Eso podría gatillar una revisión al alza de las expectativas de inflación y, en consecuencia, un cambio en las proyecciones sobre el sendero de tasas de la Reserva Federal.

    ING advierte que un nuevo shock inflacionario de oferta, sumado al impacto todavía en curso de los aranceles, complicaría la justificación de recortes adicionales de tasas en el corto plazo. Si la guerra se prolonga y la incertidumbre golpea la inversión y la confianza del consumidor, también se deteriorarían las perspectivas de crecimiento. El alza del petróleo brinda a Estados Unidos una compensación parcial, ya que es un productor relevante y podría mejorar su balanza energética, pero ese beneficio resulta políticamente difícil de explicar y no alcanza para compensar el daño general sobre la economía doméstica.

    Europa y Asia, bajo la sombra de un nuevo shock energético

    Para ING, Europa es la región más expuesta y en el peor momento posible. La zona euro recién empezaba a dejar atrás un largo período de estancamiento, con señales incipientes de recuperación que ya venían siendo debilitadas por la incertidumbre en torno a nuevos aranceles. Un salto sostenido del petróleo podría desencadenar una crisis energética superpuesta a una crisis comercial, dado que el bloque importa prácticamente todo el crudo que consume y una porción importante de su GNL.

    El cuadro remite a la crisis energética de 2021-2023, asociada a la guerra en Ucrania, pero el banco neerlandés marca dos diferencias: esta vez Europa no debe desarmar la dependencia de un único gran proveedor, y el shock de precios del petróleo se produce al final del invierno, no al inicio, lo que amortigua parcialmente el impacto inmediato.

    En Asia, en cambio, la inflación se mantiene relativamente controlada en la mayoría de los países, lo que le da a la región algo más de margen para absorber un encarecimiento del crudo. No obstante, el efecto final dependerá de la magnitud y duración del alza. La dependencia del Golfo Pérsico es elevada: China importa de esa región cerca del 38% de su petróleo, India alrededor del 46%, y Japón y Filipinas cubren casi el 90% de sus necesidades de crudo con suministros del Golfo. Un cierre prolongado de Ormuz o una disrupción severa del flujo de barriles tendría, por lo tanto, consecuencias profundas para las principales economías asiáticas.

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