El precio internacional del petróleo volvió a ubicarse por encima de los 100 dólares por barril y la nafta en Estados Unidos ronda los u$s 4,06 por galón en promedio, pese a una batería de medidas de emergencia lanzadas por la Casa Blanca y por las principales potencias consumidoras. Especialistas advierten que los esfuerzos actuales son insuficientes frente a la magnitud del faltante de crudo y a los cuellos de botella en las rutas de exportación clave.
Un grupo de 32 países miembros de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) inició la mayor liberación coordinada de reservas estratégicas de su historia: 400 millones de barriles de petróleo. En paralelo, el presidente estadounidense Donald Trump ordenó utilizar la Reserva Estratégica de Petróleo de su país, levantó sanciones sobre parte del crudo ruso e iraní y suspendió temporalmente la Ley Jones, que exige que el transporte marítimo entre puertos estadounidenses se realice en barcos de bandera nacional.
Sin embargo, el impacto en los precios ha sido limitado. De acuerdo con Mark Barteau, profesor de ingeniería química en la Universidad Texas A&M, las medidas en curso solo aportan incrementos marginales de oferta frente a un déficit mucho mayor. Cada uno de estos “parches”, estima, podría sumar entre 1 y 2 millones de barriles diarios, cuando la brecha real ronda los 20 millones. La incógnita, añade, es cuánto tiempo pueden sostenerse estos esfuerzos extraordinarios.
Un cuello de botella en el Golfo Pérsico
El origen del problema no se limita a la producción, sino a la logística. Antes del conflicto que alteró la región, por el Estrecho de Ormuz transitaban diariamente unos 15 millones de barriles de crudo y 5 millones de barriles de derivados, cerca del 20% del consumo mundial de petróleo, según datos de la AIE. Hoy, una parte sustancial de esos flujos está interrumpida.
La situación es tan grave que algunos productores de Oriente Medio se vieron forzados a frenar pozos porque no pueden sacar el crudo del golfo y sus tanques de almacenamiento están completos. Esa combinación habría retirado del mercado unos 10 millones de barriles diarios adicionales, de acuerdo con los cálculos del organismo.
El bloqueo golpea de lleno a los ocho países que rodean el Golfo Pérsico, que concentran alrededor de la mitad de las reservas probadas de petróleo del planeta. En condiciones normales, estos productores coordinan aumentos o recortes de bombeo para estabilizar los precios. Arabia Saudita suele actuar como proveedor de última instancia, inyectando crudo extra cuando el mercado se recalienta, explicó Jim Krane, investigador en energía del Instituto Baker de la Universidad Rice.
Pero esa capacidad de respuesta también está atrapada. “Toda la producción excedente está embotellada dentro del Golfo Pérsico y no puede llegar al mercado”, señaló Krane. La propia AIE subrayó en un informe reciente que la reapertura plena del tránsito por el Estrecho de Ormuz es la medida más importante para restaurar flujos estables de petróleo y gas y aliviar la presión sobre precios y mercados.
Medidas de corto plazo con efecto acotado
Algunos países intentan rutas alternativas. Arabia Saudita está utilizando su oleoducto Este-Oeste, que conecta el Golfo Pérsico con el Mar Rojo, para sacar del área unos 5 millones de barriles diarios, según el analista Michael Lynch, de la Energy Policy Research Foundation. Pero ese ducto ya operaba con altos niveles de utilización, lo que deja poco margen extra para descomprimir el embudo de buques varados.
Trump también decidió levantar temporalmente las sanciones sobre alrededor de 140 millones de barriles de petróleo iraní que ya estaban navegando. Esa decisión no incrementa el volumen total disponible, sino que amplía el abanico de compradores posibles, explicó Daniel Sternoff. Antes, gran parte de ese crudo era adquirido con fuertes descuentos por refinadores privados chinos; al flexibilizar las restricciones, otros actores pueden pujar por esos cargamentos, elevando su precio y beneficiando a Teherán.
Sternoff interpreta esta jugada como una señal de agotamiento de herramientas: cuando un país suspende sanciones a un adversario con el que mantiene un conflicto militar para facilitarle ingresos petroleros, indica que está quedándose sin opciones para frenar la escalada de precios.
En el caso ruso, el levantamiento de sanciones podría tener un efecto algo mayor, ya que Moscú venía acumulando volúmenes sin comprador. La habilitación de esas ventas permitiría liberar barriles retenidos y sumar algo de oferta efectiva al mercado.
Otra pieza del paquete de emergencia es la exención temporal a la Ley Jones, que abre la puerta a que barcos extranjeros transporten mercancías entre puertos de Estados Unidos. De acuerdo con Lynch, esa medida puede aliviar parcialmente los precios del gas natural, pero su impacto sobre el mercado de petróleo y la gasolina será mínimo. “Es útil, pero no cambia las reglas del juego”, resumió.
El límite de la producción estadounidense
Estados Unidos se ha convertido en uno de los mayores productores y exportadores de crudo del mundo, pero eso no lo coloca en posición de tapar por sí solo el agujero global. Para compensar completamente el déficit actual, el país debería casi duplicar su bombeo, algo inviable en el corto plazo, advierte Barteau. Ni siquiera un aumento de 1 millón de barriles diarios sería fácil de sostener.
Lynch plantea además un problema de incentivos: si se pusieran en marcha de inmediato todas las plataformas posibles y el conflicto en la región se resolviera en cuestión de semanas, con una caída de 20 dólares en el precio del barril, los inversores habrían desplegado capital para un pico de precios transitorio. Esa incertidumbre desalienta proyectos de largo plazo.
La idea de frenar las exportaciones estadounidenses para priorizar el abastecimiento interno tampoco resolvería el costo de la nafta. El petróleo se negocia en un mercado global y los precios domésticos siguen de cerca las cotizaciones internacionales. A ello se suma un desajuste técnico: el país produce sobre todo crudo ligero, pero casi el 70% de sus refinerías está configurado para procesar crudo pesado. En 2023, la producción rondó los 13,7 millones de barriles diarios, mientras que las refinerías procesaron unos 16,3 millones, cubriendo la diferencia con importaciones. Solo el 60% del crudo refinado tiene origen local.
Modificar esa matriz implicaría reconvertir instalaciones por miles de millones de dólares y asumir paradas de planta que, en el corto plazo, suelen impulsar aún más el precio de la gasolina. En este escenario, sin una normalización del tránsito por el Estrecho de Ormuz, las medidas de emergencia lucen como paliativos limitados frente a una crisis que sigue dominada por los cuellos de botella geopolíticos y logísticos.


