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    Del Kindertransport al Colón: la increíble historia argentina detrás del ‘Schindler británico’ Nicholas Winton

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    Nicholas Winton era un discreto empleado bancario en Londres cuando, a fines de los años 30, un viaje a Praga le cambió la vida. Al ver a cientos de niños judíos atrapados en una ciudad cercada por el avance nazi, decidió organizar por su cuenta una operación de rescate que pasaría a la historia como parte del Kindertransport. Gracias a una red improvisada y a una carrera contra el reloj, logró sacar en tren hacia el Reino Unido a 669 chicos que, de otro modo, habrían quedado a merced del régimen de Hitler.

    Durante medio siglo, Winton guardó en secreto lo que había hecho, incluso frente a su propia familia. El peso de los niños que no pudo salvar lo acompañó en silencio. Su gesta recién salió a la luz en 1988, cuando un programa de la BBC reveló los documentos que su esposa había encontrado en un altillo. En ese histórico estudio de televisión, un anciano Winton descubrió que el público que lo rodeaba estaba compuesto por adultos que se pusieron de pie para decirle: “Nosotros somos sus niños”.

    La película Una vida, protagonizada por Anthony Hopkins, recupera la figura de este hombre al que llamaron el “Schindler británico”. Pero una parte esencial de ese milagro late en Buenos Aires y tiene nombre propio: Jiří František Lechner, rebautizado en la Argentina como Jorge Lechner.

    A los seis años, Jorge y su hermana Hanna subieron a uno de los trenes organizados por Winton y fueron acogidos por una familia británica. Contra toda probabilidad, sus padres biológicos lograron sobrevivir a la persecución, emigraron a Buenos Aires y, tiempo después, pudieron reencontrarse con sus hijos y traerlos con ellos al país. El niño rescatado en Europa se convertiría aquí en una figura clave de la vida musical argentina.

    Ya en Buenos Aires, Jorge Lechner estudió Derecho, pero su verdadera vocación fue el piano y la dirección orquestal. Hizo carrera en el Teatro Colón, donde trabajó como pianista, director y maestro interno, y se integró a la vida cultural porteña. Murió en 1979 sin saber que había sido uno de los 669 niños salvados por aquel banquero londinense cuyo nombre seguía siendo desconocido para casi todos.

    La historia de Lechner no termina con él. A través de sus hijos Karin, Federico y Constanza, y de su nieta Natasha Binder, todos pianistas profesionales, el legado familiar se volvió una cadena musical que atraviesa generaciones y fronteras. Ninguno de los tres hermanos creció bajo el mismo techo: Karin vive en Bruselas, mientras que Federico y Constanza se radicaron en Madrid. Sin embargo, se reúnen periódicamente para ofrecer conciertos conjuntos, como si la música funcionara como un hilo invisible que los vuelve a unir.

    Federico Lechner, volcado al jazz, editó en 2015 el álbum Cartas a mi padre, donde cada pieza dialoga con la figura de Jorge, a quien perdió cuando tenía apenas cinco años. En ese disco incluyó un blues dedicado a Nicholas Winton. Constanza, la menor del matrimonio Lechner Loubet, publicó Infancia, un registro que recorre pequeñas joyas del repertorio clásico. La nieta, Natasha Binder, también se consolidó como pianista, y llegó a tocar para el propio Winton en sus últimos años de vida.

    En la tradición judía, la idea de transmitir saberes y memoria de padres a hijos se conoce como L’dor V’dor (de generación en generación). Esa cadena de conocimiento, ética y recuerdo es el corazón de un documental actualmente en rodaje, impulsado por Lyl Tiempo —madre de Natasha y ex pareja de Jorge— y dirigido por el periodista, fotógrafo y videasta argentino Rodrigo Carrizo Couto.

    Tiempo se propuso dar a conocer al mundo la historia de Jorge Lechner como un eslabón vivo del legado de Winton. Contactó a Carrizo Couto, quien ya había trabajado sobre el Holocausto en Israel y Francia, y el proyecto tomó forma. El director filmó extensamente en Europa y ahora busca recursos para completar la etapa argentina: registrar Buenos Aires, entrar al Teatro Colón, hablar con colegas y amigos que conocieron a Lechner en su trabajo cotidiano.

    El vínculo con Winton se profundizó en Londres, durante una conmemoración por los 85 años del Kindertransport. Allí se celebró la última gran reunión del rescatista con algunos de los sobrevivientes. Los hermanos Lechner estaban invitados a tocar como homenaje, pero una enfermedad impidió que Federico viajara. Su ausencia se suplió con la proyección de un video suyo grabado en 2016 en Praga, cuando presentó Cartas a mi padre y rindió tributo a Jorge ante autoridades checas.

    En ese encuentro, Natasha, Constanza y Karin tocaron y tomaron la palabra. Fue también la ocasión en que Carrizo Couto conoció a la familia Winton y comprobó que la historia daba para mucho más que una simple crónica. En Checoslovaquia, relató, Winton llegó a ser una figura casi pop: firmaba autógrafos en la calle, posaba para fotos y tiene un monumento y hasta una comedia musical en su honor.

    El documental que prepara el realizador se perfila como un doble homenaje: a Winton y a Lechner. Explora la resiliencia, el poder sanador de la música y la forma en que una llama se transmite entre generaciones. Entre los testimonios se destaca el de Martha Argerich, amiga de Jorge, que no sólo evoca su trayectoria artística sino también aspectos íntimos, como la figura del abuelo rabino. Al ver el tráiler, la pianista se emocionó hasta las lágrimas y decidió sumarse al proyecto, subrayando la relevancia de contar esta historia “en estos tiempos de antisemitismo rampante”.

    La película incluirá además un material inédito: una grabación casera de Winton a los 101 años escuchando a Natasha Binder y a Karin tocar el piano para él. También aparecerá Lady Milena Grenfell-Baines, salvada por el Kindertransport, que a los 100 años reconstruye con lucidez su experiencia, junto a otros sobrevivientes que aportan su voz.

    Winton no sólo rescató cuerpos: preservó futuros posibles. Cada uno de los 669 niños salvados representa un mundo entero que pudo continuar. La saga musical de los Lechner, desde el tren que partió de una Europa en llamas hasta el teclado de un piano en el Teatro Colón, es una prueba concreta de cómo la memoria y el arte pueden convertir el horror en una forma de victoria.

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