El fútbol saudí recibió un golpe inesperado este lunes: Cristiano Ronaldo decidió no participar del partido de Al‑Nassr frente a Al Riyadh por la liga local y ni siquiera se sentó en el banco de suplentes. Lejos de tratarse de una lesión, una sanción o un plan de descanso, la ausencia del portugués responde a una determinación personal, presentada como un gesto de protesta contra la conducción del club y, en un plano más amplio, contra la gestión del proyecto deportivo impulsado por el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita (PIF).
Según reveló el diario portugués A Bola, el capitán de Al‑Nassr comunicó su negativa a jugar como forma de expresar su profundo malestar con el trato que recibe la institución en comparación con otros equipos de la Saudi Pro League, en particular Al Hilal. Todos ellos están bajo la órbita del PIF, pero Ronaldo interpreta que el reparto de recursos y esfuerzos no es equitativo.
El principal reproche del ex Real Madrid se centra en el mercado de pases. A su juicio, Al‑Nassr no ha sido reforzado con la misma ambición que sus rivales directos, algo que considera imprescindible para competir por títulos y sostener un nivel acorde a la dimensión mediática que él mismo aporta al torneo. Las cifras del portal especializado Transfermarkt refuerzan esa percepción: desde el verano de 2023, cuando el portugués desembarcó en Arabia Saudita, Al Hilal habría gastado unos 624 millones de euros, mientras que Al‑Nassr se quedó en torno a los 409 millones. Detrás aparecen Al Ahli (380 millones) y Al Ittihad (334 millones), los otros dos clubes administrados por el fondo soberano.
El descontento de Ronaldo no se limita a la política de fichajes. En las últimas semanas se produjeron cambios internos en la estructura dirigencial de Al‑Nassr que afectaron directamente a personas de su confianza. El director deportivo Simão Coutinho y el director general José Semedo habrían visto recortadas sus atribuciones, lo que, según trascendió en medios portugueses, aumentó la sensación de aislamiento del astro dentro del vestuario y de la institución.
En un primer momento, desde el entorno del club saudí se deslizó la versión de que el delantero estaba siendo dosificado físicamente o preservado para el próximo enfrentamiento ante Al‑Ittihad. No obstante, fuentes consultadas por la prensa lusa insisten en que la decisión de no jugar responde exclusivamente a motivos extradeportivos y a su rechazo a la actual conducción institucional.
Este episodio se inscribe en un contexto de creciente incomodidad en la élite de la Saudi Pro League. En enero, el entrenador de Al‑Nassr, Jorge Jesus, ya había encendido la polémica al afirmar que su equipo no contaba con el “poder político” de Al Hilal, su ex club. Aquellas declaraciones generaron una fuerte reacción a nivel dirigencial e incluso derivaron en un pedido formal de sanción contra el técnico portugués, lo que evidenció la sensibilidad del tema dentro de la estructura que comanda el fútbol profesional saudí.
A los 40 años y con 961 goles oficiales en su carrera, Cristiano Ronaldo continúa siendo una de las figuras más influyentes del deporte. Su decisión de plantarse ante Al‑Nassr trasciende lo inmediato: pone bajo la lupa el modelo saudí, concebido para atraer a las grandes estrellas del planeta y consolidar la imagen del país de cara al Mundial 2034, del que será anfitrión. Un conflicto abierto con uno de los nombres más rutilantes de la liga amenaza con erosionar la narrativa de éxito que el proyecto intenta proyectar hacia el exterior.
El caso de Ronaldo no es aislado. Karim Benzema, figura de Al Ittihad y otro ex Balón de Oro, también atraviesa un momento de ruptura con su club. De acuerdo con información publicada por el diario francés L’Équipe, el delantero se habría sentido menospreciado por la propuesta de renovación que recibió a menos de seis meses de que expire su contrato. Como consecuencia de ese conflicto, el francés se ausentó de los últimos compromisos de su equipo frente a Al Fateh y Al Najma, en una actitud que fue interpretada como un desafío a la dirigencia.
La simultaneidad de estos episodios, protagonizados por dos de los nombres más pesados que desembarcaron en Arabia Saudita, plantea interrogantes sobre la capacidad del PIF para mantener satisfechas a sus principales figuras y sostener un marco de competitividad acorde al esfuerzo económico realizado. Si las estrellas perciben que sus clubes no reciben el mismo respaldo que otros rivales bajo la misma estructura de propiedad, la imagen de la liga y su atractivo para futuras incorporaciones pueden verse seriamente comprometidos.
En el plano personal, Cristiano se juega mucho. Alcanzar la histórica cifra de 1000 goles oficiales y disputar el Mundial 2026 con la selección de Portugal figuran entre sus últimos grandes objetivos antes del retiro. En ese contexto, prolongar un conflicto con Al‑Nassr podría significar más riesgos que beneficios para su carrera, pero al mismo tiempo su postura envía una señal contundente sobre las condiciones que exige para seguir siendo la cara visible del fútbol saudí. El desenlace de esta pulseada será clave no solo para su futuro inmediato, sino también para el rumbo de una liga que se propuso disputarle protagonismo a los grandes campeonatos europeos.


