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    Altamont 1969: el festival gratuito de los Rolling Stones que terminó como la ‘muerte’ de los años sesenta

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    En diciembre de 1969, los Rolling Stones se encontraban en la cima de su renacimiento artístico. Un año antes habían celebrado con pompa el lanzamiento de Beggars Banquet, y ahora cerraban una exitosa gira por Estados Unidos. El clima cultural parecía propicio: Woodstock había tenido lugar apenas cuatro meses antes y se había instalado como modelo de armonía juvenil, comunión musical y consignas de paz. La contracultura se sentía invencible.

    En ese contexto, la banda británica decidió organizar su propio Woodstock en la Costa Oeste: un gran concierto gratuito en agradecimiento a sus seguidores californianos, tras las críticas por los altos precios de las entradas. Mick Jagger lo anunció públicamente: el 6 de diciembre habría un festival masivo y sin costo, con Santana, Jefferson Airplane, Crosby, Stills, Nash & Young, Grateful Dead y los propios Stones como plato fuerte. La idea era cerrar la década con una celebración que demostrara que el rock podía reunir multitudes sin presencia policial ni control empresarial.

    Un autódromo inhóspito y 24 horas para improvisar

    El proyecto, sin embargo, empezó a torcerse antes de que sonara la primera nota. El plan original era usar el Golden Gate Park de San Francisco, pero la ciudad negó los permisos. Luego apareció la opción del Sears Point Raceway, descartada a último momento por disputas económicas. Recién el 4 de diciembre, dos días antes del evento, el dueño del Altamont Speedway, Dick Carter, ofreció su autódromo en el este del condado de Alameda.

    El lugar distaba de ser ideal: un espacio árido, sin árboles ni sombra, de estética industrial y con la autopista Interstate 580 rugiendo al lado. El escenario tuvo que levantarse de forma precaria al pie de una pendiente, con apenas un metro de altura, lo que permitía que el público lo rodeara por completo. El diseñador de la gira, Edward “Chip” Monck, advirtió que se trataba de un desastre en potencia, pero ya no había margen para cambios.

    La infraestructura fue claramente insuficiente: faltaban baños (solo una fracción de los necesarios para una multitud de 300.000 personas), no había carpas médicas adecuadas, la comida y el agua resultaron escasas, y los vecinos, que no habían sido avisados, reaccionaron con hostilidad ante la invasión de jóvenes. A todo esto se sumó el consumo masivo de LSD adulterado mezclado con vino barato, que agravó la desorganización general.

    Hells Angels como seguridad: cerveza a cambio de violencia

    Con la intención de evitar a la policía —tras años de choques por causas de drogas y desconfianza hacia las fuerzas del orden—, los organizadores recurrieron a los Hells Angels como seguridad. El antecedente del capítulo de San Francisco, que ya había actuado en eventos como el Human Be-In de 1967, alimentó la idea romántica de los motociclistas como guardianes de la contracultura.

    Pero al Altamont Speedway llegó un grupo distinto: más joven, imprevisible y violento. El pago acordado fue simbólico y revelador: 500 dólares en cerveza. Para el inicio de los shows, alrededor de un centenar de Hells Angels, muchos ya ebrios, custodiaban el escenario armados con tacos de billar modificados para golpear con más fuerza.

    Desde temprano, el clima fue hostil. Grace Slick, de Jefferson Airplane, recordaría años después una sensación de inquietud permanente, una especie de atmósfera turbia que contrastaba con las “vibras amorosas” que muchos esperaban encontrar. El frío de la mañana, el calor del mediodía y el regreso de las bajas temperaturas al anochecer acentuaron el malestar físico de una multitud apretada y sin orden alguno.

    Golpes, cuchillos y la música interrumpida

    Santana abrió la jornada ante una audiencia ya desbordada. Los Hells Angels se enfrentaban con los asistentes, incluso acelerando sus motos hacia la gente. Durante el set de Jefferson Airplane, el cantante Marty Balin intentó detener una pelea y fue derribado a golpes por un motociclista, quedando inconsciente. La banda interrumpió su actuación en medio de los gritos y el desconcierto.

    Más tarde, mientras Crosby, Stills, Nash & Young estaban en escena, Stephen Stills fue apuñalado repetidas veces en la pierna con un rayo de bicicleta afilado. La escalada de violencia llevó a los Grateful Dead —que habían sido clave en la organización del concierto gratuito— a tomar una decisión radical: se negaron a tocar y abandonaron el lugar tras presenciar la agresión a Balin.

    Cuando los Rolling Stones finalmente subieron al escenario al anochecer, el ambiente era explosivo. Jagger, que acababa de recibir un golpe en la cabeza por parte de un asistente al descender del helicóptero, intentó calmar a la multitud pidiendo que no empujaran. La banda arrancó con “Jumpin’ Jack Flash” y luego pasó a “Sympathy for the Devil”, pero debió detener el tema por nuevas peleas al pie del escenario.

    Meredith Hunter, un traje verde lima y una muerte frente al escenario

    Entre las miles de personas que habían llegado a Altamont estaba Meredith Hunter, un joven afroamericano de 18 años de Berkeley que asistió con su novia, Patti Bredehoft, en un Mustang prestado. Vestía un llamativo traje verde lima y un sombrero, y era fanático de los Stones. Durante la tarde, ambos habían sido intimidados repetidamente por los motociclistas.

    En un momento, Hunter regresó al auto y sacó del maletero una pistola calibre .22, asegurando que era para defenderse de los Hells Angels, a quienes describió como cada vez más agresivos. Ya antes le había dicho a su hermana que sabía lo que podía ocurrirle a alguien como él en ese contexto.

    Durante “Under My Thumb”, Hunter intentó acercarse al escenario junto a otros asistentes. Un Hells Angel lo agarró del cabello y la oreja y lo arrojó al suelo, golpeándolo en la boca cuando intentó levantarse. El joven trató de huir hacia la multitud, pero varios motociclistas saltaron desde la tarima, lo rodearon y lo patearon en la cabeza. En medio de la golpiza, Hunter sacó el revólver y lo levantó. Su novia le suplicaba que no disparara.

    En ese instante, Alan Passaro, un Hells Angel de 21 años, lo apuñaló por la espalda. Otros motociclistas se sumaron al ataque, clavándole el cuchillo en el cuello, la cabeza y nuevamente en la espalda, para luego arrebatarle el arma. Todo ocurrió a pocos metros del escenario, bajo las luces del show y frente a las cámaras de Albert y David Maysles, que filmaban la gira para el documental Gimme Shelter. Hunter fue declarado muerto en el lugar.

    Cuatro muertos, cientos de heridos y el juicio

    La muerte de Meredith Hunter no fue el único saldo fatal del festival. Dos jóvenes de Berkeley murieron atropellados por un conductor que se dio a la fuga mientras descansaban junto a una fogata al costado de la carretera después del concierto. Otro hombre se ahogó en un canal de riego tras lanzarse por un tobogán improvisado bajo los efectos del LSD, ignorando las advertencias.

    Se calcula que hubo más de 850 heridos. Decenas de asistentes sufrieron fracturas de cráneo por las palizas de los Hells Angels con tacos de billar; una joven estuvo al borde de la muerte tras recibir el impacto de una lata de cerveza llena. Cientos de autos fueron abandonados en el gigantesco embotellamiento posterior al evento, muchos de ellos robados y dejados cuando se quedaron sin combustible.

    Los Rolling Stones terminaron su presentación sin saber que alguien había sido asesinado. Keith Richards llegó a describir el concierto como “básicamente bien manejado”, atribuyendo los problemas al cansancio y a algunos ánimos alterados. La evidencia fílmica y los testimonios posteriores mostraron otra cosa: una catástrofe de organización, seguridad y humanidad.

    El documental Gimme Shelter, estrenado en 1970, contrapuso las declaraciones optimistas de Jagger antes del festival con las imágenes crudas de la violencia. La película incluye la escena en la que el cantante observa en una sala de edición el asesinato de Hunter, visiblemente incómodo.

    Alan Passaro fue juzgado por homicidio en 1971. Tras más de dos semanas de testimonios y horas de deliberación, el jurado lo absolvió al considerar que actuó en defensa propia, apoyándose en las imágenes donde se ve a Hunter levantando el arma. El contexto previo de golpizas y persecución, así como el hecho de que el joven era negro y estaba rodeado de motociclistas blancos en 1969, no fue objeto central de discusión en el proceso.

    La revista Rolling Stone dedicó cuatro extensos reportajes a Altamont entre enero y abril de 1970, describiendo el festival como una combinación de egoísmo, promoción desmedida, incompetencia, manipulación económica y falta de empatía. Lo definió como “el peor día del rock and roll”.

    Meses después, los Stones enviaron a la familia de Hunter un cheque de diez mil dólares a través de un abogado. Su hermana, Dixie Ward, lo consideró un gesto mínimo. La banda nunca se reunió con los allegados del joven, y su nombre no aparece pronunciado en el documental.

    El día que terminó el sueño del “paz y amor”

    Altamont quedó como el reverso siniestro de Woodstock. Donde se esperaba libertad, reinó el descontrol; donde se invocaba hermandad, afloraron la violencia, el racismo, las tensiones de clase y el narcisismo organizativo. El fotógrafo de TIME Ethan Russell lo resumió como el golpe de gracia al ideal de “paz y amor”.

    Don McLean aludió al episodio en su canción “American Pie”, al evocar el momento en que “ningún ángel nacido en el infierno” pudo romper el hechizo, en lo que muchos interpretan como una referencia directa a Altamont. Para una generación, ese festival marcó el final simbólico de los años sesenta: no con flores en el pelo, sino con sangre en el suelo.

    La tragedia dejó una lección amarga: los sueños utópicos del rock no bastan sin planificación, cuidado y respeto por las personas. Un joven de 18 años, vestido de verde lima, fue a ver a su banda favorita y no volvió a casa. Con él se desmoronó también la ilusión de que la música, por sí sola, podía salvar al mundo.

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