Desde que el presidente Donald Trump proclamó el «Liberation Day» en abril, el escenario del comercio internacional ha experimentado una profunda transformación. Estados Unidos, bajo la premisa de fortalecer su posición en el mercado global, impuso una tasa arancelaria casi universal de al menos el 10% a todas sus importaciones, dando inicio a una serie de intensas negociaciones con socios comerciales de todo el mundo.
La estrategia estadounidense, lejos de buscar consensos, apunta a maximizar sus beneficios, integrando cada acuerdo bilateral en una visión global más amplia. Los pactos alcanzados en los últimos meses dan cuenta de una política firme y, en muchos casos, unilateral, que obliga a sus contrapartes a realizar concesiones significativas.
Acuerdos clave con Europa y Asia
Uno de los primeros acuerdos fue con el Reino Unido. Washington mantuvo la tasa base del 10%, pero permitió que hasta 100.000 automóviles británicos ingresen con aranceles bajos, eliminó tarifas al acero y aluminio británicos y facilitó la entrada recíproca de carne vacuna. A cambio, Londres accedió a reducir barreras en bienes agrícolas y servicios estadounidenses.
Con la Unión Europea, el acuerdo marco de julio estableció la base del 10%, aunque redujo aranceles en productos estratégicos como lácteos y automóviles del 25% al 15%. Además, la comunidad europea se comprometió a adquirir energía GNL estadounidense y relajar sus estándares regulatorios.
En septiembre, Japón y Estados Unidos sellaron un pacto que rebajó la tasa recíproca del 25% al 15% en la mayoría de los bienes, eximiendo aeronaves, productos farmacéuticos y ciertos commodities nipones. Japón, además, prometió elevar sus compras de energía estadounidense y abrir su mercado a vehículos, camiones, arroz y otros productos agrícolas de EE.UU., junto con una inversión de unos 550.000 millones de dólares en territorio norteamericano.
Con China, el acuerdo de noviembre resultó en la suspensión de aranceles adicionales hasta diciembre de 2026, una reducción de tasas sobre productos relacionados al fentanilo, exclusiones arancelarias para unos 500 productos chinos y para productos agrícolas estadounidenses, aunque la base general del 10% continúa vigente.
El acuerdo sudeste asiático: un bloque estratégico
En julio, Estados Unidos firmó un acuerdo marco con el sudeste asiático que abarcó a Corea del Sur, Filipinas, Indonesia, Malasia, Tailandia, Camboya y Vietnam. Corea del Sur obtuvo reducciones arancelarias en autos y partes, así como eliminación de tasas en productos farmacéuticos y semiconductores, y se comprometió a compras importantes en sectores estratégicos estadounidenses.
Filipinas y Malasia lograron exenciones y reducciones en productos clave, mientras que Tailandia eliminó tarifas al 99% de las importaciones estadounidenses. Camboya y Vietnam, por su parte, accedieron a eliminar casi todos los aranceles a bienes industriales y agrícolas norteamericanos, además de comprometerse a compras millonarias de aviones y productos agrícolas.
Latinoamérica: apertura total a los productos de EE.UU.
El 13 de noviembre, el subsecretario de prensa de la Casa Blanca, Kush Desai, anunció que cuatro países latinoamericanos –Guatemala, Ecuador, El Salvador y Argentina– aceptaron eliminar o reducir significativamente sus barreras comerciales con EE.UU. En Guatemala y El Salvador, se redujeron aranceles sobre textiles y muebles, mientras que Ecuador eliminó completamente las tasas sobre cacao, café y bananas, abriendo aún más su mercado a los productos agrícolas estadounidenses.
En el caso argentino, si bien se mantiene la tasa base del 10%, se exceptuaría a los productos cárnicos, aunque con una cuota limitada a 20 millones de kilos, muy por debajo de la asignada a países como Australia o Nueva Zelanda.
Los próximos pasos
Estados Unidos ya tiene en marcha negociaciones con al menos cinco países más: Canadá, México, India, Brasil y Pakistán. La dirección de estos acuerdos sugiere que Washington continuará priorizando su competitividad y el acceso de sus productos, forzando a sus socios comerciales a adaptarse a nuevas reglas del juego.
La reciente oleada de acuerdos comerciales revela un cambio de paradigma en la política exterior económica estadounidense, con repercusiones directas en los mercados internacionales y la necesidad de que los países revisen sus estrategias de inserción global.


